Avistamiento responsable de cetáceos

Por Bárbara Toro y Gabriela Mallea

ONG Panthalassa

Los cetáceos han sido objeto de temor, admiración y de obtención de recursos para muchas culturas alrededor del mundo. Actualmente, para nuestra sociedad son objeto de adoración, entregándonos una conexión con el océano y la vida marina. Es en parte por eso que el turismo de avistamiento de cetáceos se ha transformado en un panorama muy popular en todo el planeta, una práctica que de a poco ha ido sumando adeptos en nuestro país. Si bien esta actividad puede ser un aporte para un desarrollo sustentable, lo cierto es que también puede afectar a las poblaciones de fauna nativa.

Se ha evidenciado en distintas especies animales que la perturbación humana puede causar alteraciones en su ecología, como también alteraciones fisiológicas, demográficas y conductuales. En el caso del turismo de avistamiento mal planificado, se ha observado la dispersión de grupos de delfines ante el acoso de las embarcaciones; los delfines buscan evitar el encuentro con éstas generando cambios en los tiempos que los animales destinan para alimentarse, reproducirse y descansar, dando como resultado una disminución en su éxito reproductivo. Asimismo, dentro de las alteraciones también se han descrito cambios en los patrones de respiración y navegación de grandes cetáceos.

Hace unas semanas, el órgano redactor de nuestra nueva Constitución aprobó el artículo que define a Chile como un país oceánico, incluyendo el concepto de maritorio, el cual abarca diferentes ecosistemas marinos. Dentro de este maritorio podemos encontrar una gran diversidad de cetáceos, específicamente 43 especies de las 89 descritas a nivel mundial. Para ser más específicos: el maritorio chileno es hogar de 19 especies de delfines, 3 cachalotes, 9 zifios y 2 marsopas, y en cuanto a ballenas podemos hallar 9 especies de las 15 descritas en todo el planeta. Dentro de esta gran diversidad, es posible encontrar poblaciones residentes o poblaciones que migran largas distancias para alimentarse en estas latitudes, por lo que el potencial turístico es enorme.

En nuestro país, los puntos más populares para el turismo de avistamiento de cetáceos, de norte a sur, son Mejillones, Caleta Chañaral de Aceituno, Punta de Choros, Caleta Chome, Chiloé, el Golfo del Corcovado, Puerto Cisnes y el Parque Marino Francisco Coloane, entre muchos otros.

Sobre las regulaciones nacionales existentes para el turismo de avistamiento de cetáceos, la normativa actual indica una distancia de acercamiento máxima de 300 metros para la ballena azul (Balaenoptera musculus), mientras que para otras especies de grandes cetáceos se establece una distancia máxima de 100 metros. Para el caso de cetáceos menores como delfines, marsopas y zifios se exige una distancia máxima de 50 metros. Y de manera particular, para la ballena franca austral (Eubalaena australis) solo se permite el avistamiento desde plataformas terrestres debido al gran grado de amenaza que presentan las poblaciones chilenas de esta especie. Si el avistamiento se realiza desde una embarcación, resulta importante realizar un acercamiento lateral, lento y tranquilo, y nunca cruzar la embarcación por la dirección de desplazamiento del animal. Es importante considerar también el número de embarcaciones presentes en cada avistamiento de cetáceos. En base a la experiencia de ONG Panthalassa, se recomienda que no sean más de dos embarcaciones a la vez y que ambas se ubiquen por el mismo costado del individuo avistado.

Por otro lado, si el avistamiento se efectúa desde aeronaves, Chile cumple con las normas internacionales de sobrevuelo a no menos de 300 metros sobre un área de avistamiento de cetáceos. Además, está prohibido el avistamiento desde aeronaves con turbinas o helicópteros, a excepción de la Armada, o a menos que se cuente con permiso con fines científicos.

Fuente: Manual de Buenas Prácticas para Operaciones Marítimas de Avistamiento de Fauna Marina.
Fuente: Manual de Buenas Prácticas para Operaciones Marítimas de Avistamiento de Fauna Marina.

Actualmente, se describen siete buenas prácticas de navegación y avistamiento de cetáceos:

  1. El avistamiento desde una embarcación no debe superar los 30 minutos.
  2. La velocidad de la embarcación debe ser menor a la velocidad del cetáceo o grupo de cetáceos avistado.
  3. La aproximación debe ser lateral y lenta, respetando un ángulo de 60º. Se debe evitar aproximación directa por detrás.
  4. Siempre respetar las distancias: no más de 300 metros para la ballena azul, 100 metros para otras ballenas, y 50 metros para cetáceos más pequeños.
  5. Nunca perseguir a los animales si estos se alejan.
  6. Ante el acercamiento de una ballena se debe mantener el motor de la embarcación en neutro y luego retirarse lentamente.
  7. Jamás interponerse en la trayectoria del o los individuos, ni mucho menos entre una madre y su cría.

Es importante destacar que está prohibido:

  • Generar ruidos fuertes y molestos durante el periodo que estemos en una embarcación.
  • Alimentar a los animales.
  • Arrojar basura u otros objetos al mar.
  • Forzar el contacto con los animales.

 

Distintas son las razones por las cuales se busca respetar la vida de las diferentes especies de cetáceos. En primer lugar, cada especie presenta un valor intrínseco, es decir, el valor propio por el hecho de existir. Muchos son los beneficios que estas especies entregan a las poblaciones humanas, ya sea de manera directa al generar fuentes de trabajo en actividades de turismo, o de manera indirecta, donde un ejemplo de esto último es el rol que se le ha otorgado a la ballena azul para combatir el cambio climático. Se les conoce como fertilizadoras del océano, ya que movilizan nutrientes entre las diferentes columnas de agua cuando se alimentan y defecan, entregando nutrientes para la producción de fitoplancton, que a su vez es alimento del zooplancton o krill, el principal alimento de las ballenas, pero que además captura el dióxido de carbono presente en la atmósfera llevándolo hacia el fondo marino. Es por ello que la conservación de estas especies no solo beneficia a los ecosistemas marinos, sino que también sustenta el bienestar de la población humana.

Biografía

Bárbara Toro Barros, médico veterinario y presidenta de ONG Panthalassa (a la izquierda en la foto); y Gabriela Mallea Rebolledo, médico veterinario y coordinadora de ONG Panthalassa. Desde su profesión, ambas se han desempeñado en el estudio de fauna silvestre y sus ecosistemas, dedicándose especialmente al estudio de mamíferos y aves marinas en las aguas aledañas a la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, lugar donde también se han dedicado a reforzar el vínculo entre las comunidades locales y la ciencia.

panthalassa.rimma@gmail.com

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